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Juan
José Ibarretxeren diskurtsoa, su etenaren urteurrena dela
eta
Hoy jueves, 16 de setiembre,
se cumple un año de tregua de ETA. Las sociedades modernas
y sus grupos
sociales tienen una propensión a celebrar efemérides
y aniversarios, épocas que se utilizan para reflexionar
sobre los acontecimientos y, especialmente, sobre las perspectivas
de futuro que se inician. Esta es, por tanto, una buena ocasión
para reflexionar sobre cómo está la sociedad vasca
un año después de que el terrorismo y, en buena
parte, la violencia hayan desaparecido.
La mente humana tiene el hábito de olvidar rápidamente
aquellas cosas que originan sufrimiento, temor o desazón,
y tiende a incrustar en la memoria los momentos que nos aportan
felicidad y sosiego. Es una característica del comportamiento
que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Un año sin
atentados nos ha servido para olvidar cómo estábamos
hace sólo doce o dieciséis meses. Vivimos sin sobresaltos
y, especial y fundamentalmente, vivimos sin el temor de que nadie
pierda inútilmente la vida humana, uno de los bienes más
preciados que tenemos y un derecho que nadie puede arrebatar
a nadie, ni por la más justa de las causas.
Comenzamos hace un año una nueva época en Euskadi.
Un nuevo espacio para la esperanza y para la ilusión.
Un tiempo que todos habíamos estado esperando durante
mucho tiempo. Por eso todos debemos ser conscientes de que esta
situación no tiene vuelta atrás. Cualquier cosa
que hagamos debe tener un fin indiscutible: conseguir la paz
definitiva, lograr que la sociedad vasca se reconcilie consigo
misma y humanizar los efectos perversos de años de sinrazón.
Todos deberemos trabajar por la paz y todos deberemos recordar
a quienes sufrieron y perdieron la vida por el camino para, desde
estas bases, llevar a cabo un ejercicio de humanismo y con- seguir
una convivencia equilibrada y sostenida.
El acuerdo suscrito por los partidos en Lizarra fue el prólogo
de la tregua de ETA. Lizarra es un acuerdo que tiene tres bases
fundamentales: rechaza la utilidad de la violencia, reconoce
que existe un problema político en Euskadi y dice que
cualquier solución debe ser respetuosa con los principios
democráticos, abogando por el diálogo y la distensión.
No es un acuerdo que instaura un frente ni trata de excluir a
nadie. Estoy convencido de que los vascos no consentirán
que nadie trate de enfrentar a unos con otros o traten de atrincherarse
en frentes
únicos y exclusivistas. Quien tenga esta tentación
está cometiendo un serio error histórico y político.
Tras las elecciones autonómicas, los partidos PNV y EA
suscribieron un acuerdo de Gobierno con un programa que apuesta
por la modernización del país y por su inclusión
en Europa, además de por construir un país cohesionado
socialmente. Baste decir que de cada 100 pesetas que se gasta
Euskadi, más de 65 se invierten en formación y
calidad de vida.
A continuación se alcanzó un acuerdo con Euskal
Herritarrok que aportó a la política vasca un activo
del que carecía desde hace más de treinta años.
Esta formación política hizo una apuesta firme
por defender su proyecto
político por medios exclusivamente políticos y
democráticos. Es decir, la violencia, del grado que sea
y con la intensidad que sea, no tiene sitio ni cabida en Euskadi.
Es un recurso del pasado y nada tiene que ver con el futuro.
Este pacto ha servido, reconozcámoslo, para que una fuerza
política que había vivido al margen del sistema
político se incorpore a él con normalidad.
Tras las elecciones municipales y forales, Euskadi ha sido el
país que mejor ejemplo ofreció de convivencia política.
No se llevaron a cabo pactos insólitos para desbancar
a las listas más votadas y las instituciones las presiden
representantes de los partidos que más confianza cosecharon
por parte de los ciudadanos.
Incomprensiblemente, todos estos acontecimientos, lejos de aportar
serenidad y sentar las bases del camino hacia la paz, han originado
buenas dosis de tensión en la vida política vasca.
Quizás estos últimos meses son un ejemplo
paradigmático de la disociación y asintonía
que puede alcanzar una sociedad con su clase política.
Como
lehendakari puedo asegurar que tras múltiples encuentros
y entrevistas, los representantes sociales vascos viven con mucha
más esperanza e ilusión y, sobre todo, con mucha
menos tensión y crispación, el futuro de Euskadi.
En todo caso, yo soy optimista, no tengo miedo al futuro, sino
a repetir el pasado. Y tengo la firme impresión de que
la sociedad vasca piensa y siente lo mismo.
Este año transcurrido cierra una etapa y abre una nueva.
Hemos concluido una etapa en la que cada interlocutor, cada agente
político, ha venido acumulando fuerzas y argumentos muchas
veces utilizados en contra de otros. Son todos conocidos y seguir
en zesta dinámica no conduce más que a repetir
esquemas y reflexiones. Debemos abrir
una nueva fase de diálogo que debe caracterizarse por
el afán constructivo y no por el inmovilismo y la
desesperanza, cuando no la pura resignación.
En esta nueva fase todos debemos tener clara una cosa: la sociedad
vasca no va a permitir la tutela de nadie en este proceso hacia
la paz. Ni de ETA ni de quien pretenda condicionar cualquier
solución.
De ahora en adelante, el Gobierno de Madrid, actualmente presidido
por José María Aznar, debe invertir en fomentar
el diálogo con ETA para solucionar los problemas característicos
del final de organizaciones como ésta.
Y debe oír a la sociedad y a sus representantes políticos
que, desde hace meses, le vienen reclamando que
acuerde con ellos las bases de una nueva política penitenciaria.
La política penitenciaria respecto a los presos de ETA
no puede estar sujeta a criterios de coyuntura política
o conveniencia particular.
También va a ser necesario superar la política
de contingentes. La de quienes afirman que todo lo que sucede
es producto de los dictados de ETA y la de quienes no quieren
ver más que sus propias utopías confundiendo la
realidad con sus deseos. Nadie puede imponer nada a nadie. Todas
las ideas merecen el respeto de todos, siempre que se defiendan
por medios pacíficos, renunciando a cualquier medio de
extorsión, chantaje o amenaza.
Las ideas defendidas democráticamente no son perversas.
Los únicos límites están en el respeto a
los derechos universalmente reconocidos de los individuos. ¿Por
qué tenemos miedo a debatir, a reflexionar, a cruzar argumentos?
¿Por qué utilizamos la descalificación sistemática
del contrario?
La solución no vendrá por otro camino que no sea
el del diálogo entre las fuerzas políticas vascas.
Seguir en la confrontación es estéril e inútil,
porque el diálogo acabará por abrirse paso, más
tarde o más temprano, pero se impondrá, porque
cualquier otra alternativa siempre será peor. Y el diálogo
debe fundamentarse en tres premisas básicas: debe llevarse
a cabo en ausencia de violencia, debe comprometer a todos en
el respeto y la tolerancia
hacia las ideas de los demás, y debe corresponsabilizar
también a todos en que, en último término,
será la
sociedad vasca la que democráticamente decida qué
es lo que quiere ser en el futuro.
Como se ve, la solución debe ser estrictamente democrática
y estrictamente respetuosa con todas las ideas y pensamientos.
Como ya he dicho, yo no tengo miedo al futuro, sino a repetir
el pasado. Y estoy esperanzado en que sabremos superar la situación
histórica en la que nos encontramos y, entre todos, lograr
que nuestros hijos disfruten de una sociedad más abierta
y tolerante, más solidaria, y más próspera.
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